Yo no merezco ser buena

Si te preguntara qué te viene a la mente cuando piensas en tu primer año de universidad, ¿qué me responderías?

(Si no has ido a la universidad, puedes preguntarte qué te viene a la mente cuando piensas en tu primer día de trabajo, o en tu primer día de colegio).

Yo tengo clara mi respuesta. Siete años después, entiendo por qué es esa secuencia, y no otra, la que asocio con mi primer año estudiando periodismo.

Estamos en clase de lengua castellana. La semana pasada hicimos el examen práctico. Éste consistía en apostarse tras una mesa de profesor, mirar hacia delante, imaginar que allí había una cámara de vídeo y, entonces, soltar todo un artículo de opinión propio que previamente habías memorizado, pero cuyo guion tenías sobre la mesa por si perdías el hilo y querías recuperarlo.

Reconozco que no me preparé lo suficiente. Andaba yo por mi época de desengaño con la universidad, y además tenía la creencia de que yo y todo lo que tuviera que ver con comunicar en voz alta -público y cámara- no éramos compatibles. Así que, ¿para qué tenía que currarme la prueba práctica, si nunca tendría que repetir nada similar en mi vida profesional? Con aprobar me bastaba.

Pero ahora el examen ha pasado y, como digo, estamos en clase. Después de la lección de hoy, la profesora saca a colación la prueba práctica. Y, siguiendo el modus operandi de no pocos profesores universitarios de este mundo, decide repartir flores a los alumnos que, según su criterio, superaron la prueba con honores.

No critica ni juzga negativamente a los que suspenden o a los que se quedan en el cinco pelado. No hace falta. Ignorar a alguien es un arma más dañina incluso que criticarlo de forma destructiva. Ignorar a casi 80 personas mientras sólo 2 o 3 son encumbradas es un gesto más elocuente que un suspenso generalizado.

Pero a mí se me queda grabado lo que mi profesora le dice a una de mis compañeras:

«Tú tienes talento para los informativos. Tú acabarás en televisión».

Era cierto. Mi compañera tenía (y tiene) talento para los informativos (y para muchas cosas más, estoy convencida). No sé si acabará o no en televisión; en todo caso, eso tendrá que decidirlo ella.

Pero, más que tener esas dos frases grabadas a fuego en mi memoria, lo que más recuerdo es el silencio absoluto de mi profesora hacia todos los demás.

En aquella aula estábamos 80 personas. 80 jóvenes de apenas 20 años que, en ese momento, entendieron que, por lo visto, ellos no tenían talento para los informativos. Que no «acabarían» en televisión.

Sé que el reconocimiento hacia una persona no implica que los no-reconocidos no sean buenos. Es decir, el hecho de que mi profesora reconociera las dotes comunicativas de mi compañera no significa que los otros 80 alumnos no tuviéramos esas mismas dotes, u otras parecidas.

Pero yo, con 19 años, todavía no pensaba esto. Durante mi formación en programación neurolingüística (y en el camino de la vida) me di cuenta de que un reconocimiento no excluye al otro, pero en aquel entonces mi mente inconsciente gestionó la información lo mejor que pudo y supuso que no, que yo no tenía talento para la cámara (el seis y pico que saqué en la prueba me delataba) y que no acabaría en los informativos aunque en algún momento quisiera.

Quizás, si mi profesora hubiera dedicado un momento para destacar lo bueno de cada uno de nosotros, aunque fuera poco comparado con su ideal de busto parlante de informativos, muchos de esos 80 alumnos habríamos acabado su asignatura pensando que bueno, quizás podríamos trabajar en televisión en el futuro, si algún día nos apetecía.

Pero no. Sólo había sitio para una persona. Y la plaza ya estaba ocupada por quien designó el dedo mágico de mi profesora.

 

Las creencias que no ves, pero que están

La mente inconsciente y nuestra parte irracional gestionan así la mayor parte de información que nuestros sentidos captan día a día.

Interpretan lo que quieren como quieren, sin analizarlo, sin observarlo lejos de los prejuicios y de la experiencia previa de vida.

Y, una vez lo han interpretado a su manera aleatoria, lo almacenan en nuestro cerebro. Y, ahí, calentita entre los pliegues de nuestra conciencia, esa información germina, y crece, y florece, y se convierte en una creencia que pasa a guiar nuestra vida de ese momento en adelante.

A no ser que la detectemos, nos demos cuenta de que no es útil y trabajemos para cambiarla.

La absoluta falta de atención de mi profesora hacia mí (y hacia 80 personas más) me reafirmó en mi creencia de que yo no era una buena comunicadora oral.

Y cuando, varios años después, me apunté como alumna a un curso de hablar en público, tuve que enfrentarme a esa creencia. 

Bueno, primero tuve que verla. Porque, a nivel consciente, ni siquiera sabía que estaba ahí, dirigiendo mi vida.

Luego tuve que entenderla. Preguntarle de dónde venía y qué camino había seguido para hacerse fuerte sin que yo me diera cuenta.

Y, al final, no me quedó otra que aceptarla. Al fin y al cabo, esa creencia me había llevado hasta ese momento. En el fondo tenía que estarle agradecida.

Gracias, creencia, pero ya no me eres útil.

Si quiero seguir avanzando, tengo que dejarte y sustituirte por otra.

Y, como el curso de hablar en público era, en realidad, un curso de hablar en público con PNL, adquirí las herramientas necesarias para transformar esa creencia en otra que me permitió hacer todo lo que he hecho hasta el día de hoy:

  • Disfrutar de hablar en público y hacerlo con asiduidad en presentaciones, formaciones, conferencias y reuniones informales.
  • Disfrutar de comunicar ante la cámara y hacerlo en mis vídeos de TeComunicas.
  • Crear y presentar mi propio programa de televisión por internet, Léemetv.com.
  • Guiar a otras personas para convertirse en comunicadores eficaces a través de mis cursos y formaciones.

¿Y cuál es la nueva creencia que me ha permitido hacer todo esto?

«Yo ya soy una buena comunicadora».

Ahora yo sé que cuento con todos los recursos necesarios para crecer como comunicadora en las direcciones que me interesen en cada momento.

Sé que no necesito la aprobación de nadie para saber que valgo como comunicadora. Sé que los juicios ajenos (ya sean «positivios» o «negativos») no determinan mi valía y mi talento como comunicadora.

Y sé que todos somos buenos comunicadores…

…pero también sé que no todos nos lo creemos.

  • Porque nos han dicho que no valíamos, o porque no nos han dicho nada: simplemente nos han ignorado, como mi profesora conmigo.
  • Porque un día tuvimos un traspiés en una presentación y desarrollamos el famoso miedo escénico, que nos acompaña desde entonces.
  • Porque nos creemos incapaces de grabar un vídeo sin memorizar el guion de principio a fin.
  • Porque pensamos que todos nuestros tics corporales y vocales están ahí sólo para amargarnos la existencia e impedir que hablemos en público o ante la cámara sin odiarnos a nosotros mismos.

«Yo no sé». «Yo no puedo». «Yo no valgo».

YO NO MEREZCO.

¿Te suena algo de esto?

Son creencias que te limitan. Y puede que te estén limitando para hacer eso que, en tu fuero interno, sientes que ha llegado el momento de hacer: formarte en comunicación eficaz en público o ante la cámara.

Yo no formo a mis alumnos desde el antiguo paradigma de las creencias limitantes. «No pongas las manos ahí», «no digas eso, que queda mal», «no arquees la espalda, que generarás desconfianza en el público».

Yo prefiero actuar desde el paradigma de la búsqueda, de la exploración, del juego, del disfrute. El paradigma que permite que tú seas tu propio maestro. «Pon las manos ahí y ve y siente qué sucede». «Di eso y decide si te lo quedas o si lo transformas». «Arquea la espalda y experimenta las sensaciones que eso te produce».

Que te produce a ti, no a tu público.

Porque tú eres tu principal recurso, el más importante. Y tú ya eres un buen recurso: eres un buen comunicador. Y para acceder a tu talento (porque lo tienes) yo te propongo una fórmula que mezcla todo lo que a mí me ha servido:

  • Programación neurolingüística;
  • El juego y el disfrute del teatro;
  • La práctica consciente y constante.

Si te vienes conmigo a descubrir que tú ya eres un buen comunicador y que puedes aportar al mundo todo lo que llevas dentro a través de la comunicación eficaz en público o ante la cámara, te espero en mi curso Comunicación eficaz con PNL – Disfruta hablando en público o ante la cámara desde tu autenticidad.

Un abrazo!

Irene
irene@tecomunicas.com

Apasionada de la literatura, especialista en copywriting y storytelling. Comunicadora nata. Quiero que te vuelvas a enamorar de tu negocio literario y lo haré poniendo mis herramientas a tu servicio para que aumentes tus ventas y consigas clientes recurrentes.

4 Comentarios
  • María
    Publicado a las 09:49h, 06 abril Responder

    Me encanta tu post de hoy Irene. Si es que no hay nada como contar algo personal para que sintamos algo de curiosidad sobre la vida y la personalidad de la persona que lo ha escrito. Como lo cuento en mi reciente artículo en el blog, mi problema fue diferente: un auténtico secuestro emocional en mi etapa universitaria que originó en mí la creencia de que «yo no soy capaz de hablar en público». Y no sólo una mera creencia, era una convicción en toda regla, un verdadero anclaje como los llamamos en la PNL. Vamos: era mi peor pesadilla.

    Tanto que una vez tuve que enfrentarme a una entrevista de trabajo que resultó ser en grupo y donde cada persona tenía que levantarse y salir «a la pizarra» a contar su trayectoria personal y profesional en voz alta.

    Todavía me avergüenzo de lo que pasó. Mientras los otros compañeros hablaban, y yo les veía expresarse tan bien, pensaba: «madre mía qué vida más interesante tienen: han creado empresas, han viajado por el mundo entero, qué diré yo cuando me toque a mí que sólo he estudiado y no he destacado en nada…» Sudaba y me sentía cada vez más nerviosa.

    Después tocó una pausa para que luego el resto de entrevistados hiciéramos la misma exposición. ¿Qué crees que hice? ¡Me marché! Sí, me escapé de aquel sitio, dejé pasar una oportunidad de trabajar en una agencia de publicidad, que era lo que quería y para lo que había estudiado.

    Volví a mi trabajo rutinario de siempre, haciendo labores administrativas y mecánicas en una multinacional. Y la nueva creencia que se originó entonces fue: «yo sólo valgo para trabajos administrativos y de poco nivel, donde no tenga que exponerme a un público». Tenía 24 años y tuve que cumplir 30 para darme cuenta de que mi vida no podía seguir así.

    Increíble lo que una creencia puede hacer. Y lo importante que es aprender a manejarnos con nuestro miedo escénico. Mi vida podría haber sido muy distinta de haber sabido hablar delante de otras personas. Por eso agradezco tanto tu trabajo, tu blog, tu curso y lo que nos enseñas en los vídeos. Mi mayor reto: hablar ante una cámara o en público ya no es un impedimento para crecer como profesional. Un abrazo!

    • Irene
      Publicado a las 16:15h, 08 abril Responder

      Hola María!

      Gracias por tu comentario tan honesto! Una creencia puede condicionar toda una vida… seguramente todos conocemos a alguien que se ha pasado la vida entera actuando movido por una creencia que no les dejaba avanzar en absoluto. Yo pienso que llega un momento en el que para algunas personas es más costoso cambiar de creencia que continuar con la limitante, aunque le esté haciendo la vida imposible. Pero en realidad nunca es tarde para hacer el cambio.

      Creo que somos afortunadas por haber conocido otras maneras de ver el mundo. A mí, como a ti, la PNL me ayudó muchísimo a tomar conciencia de mis creencias, de mis valores y de cómo yo misma podía ser tanto mi mejor aliada como mi peor enemiga. Lo que nos decimos a nosotros mismos tiene muchísimo más poder del que podemos pensar, y tu historia es un ejemplo con final feliz 😀 (un final que sólo fue un principio de algo genial).

      Un abrazo, y gracias por todo! <3

      Irene

  • Eliana
    Publicado a las 17:15h, 08 abril Responder

    Irene que súper favor le debes a esta profesora, sí, un súper favor, porque al dejarte de lado junto a tus otros compañeros, no te encasilló en una sola estrategia comunicativa, capaz que te colocaba a ti como ejemplo, entonces ibas por la vida buscando ser presentadora de televión porque una profesora te lo dijo y resulta que al final ese no era tu sueño, pero esta mujer te abrió un mundo de posibilidades, las cuales fuiste descubriendo poco a poco y ahora eres una gran presentadora que habla de libros, tendencias y formas de comunicar y con ello has visto cuál exactamente es tu senda, un camino diverso y completamente artístico y creativo, tu canal me encanta, tu manejo ante la cámara es admirable, el trabajo previo de infromarte es inspirador, una profesora te dejó de lado, pero hoy estás siendo reconocida por muchos y estás marcando una pauta a nivel comunicacional que de seguro no la tenías clara aquella primera semana en la universidad, los tropiezos son grandes escalones, y que bien que esta profe no te marcó, sino que te dió alas para que te descubrieras.
    ¡Un abrazo!

    • Irene
      Publicado a las 09:12h, 11 abril Responder

      Hola, Eliana!

      Pues tienes toda la razón 🙂 En la vida, nunca podemos saber si lo que sucede lo hace para bien o para mal. De hecho, yo creo que todo, a largo plazo, sucede para bien. Hay un cuento que habla de esto y que me encanta, y que Borja Vilaseca cuenta muy bien en este vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=g-6-VOoSQQM&index=9&list=PLf-Vcq-cMoHrck4jYVpD9I7AeY9EnFJ4c

      Gracias por tus palabras, Eliana 🙂 Me han inspirado muchísimo. ¡Ah!, leyéndote he recordado que tengo un e-mail tuyo por responder, me parece. Voy a buscarlo, que con el lío del lanzamiento del curso esta semana se me había pasado.

      Un abrazo, y gracias por estar ahí! <3

      Irene

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