aceptación

¿Cuánto de ti hay en ti?

Hace muy poquito fue mi cumpleaños.

Todos los cumpleaños son especiales, o quizás sólo nos parecen especiales: solemos pensar que la etapa que empieza traerá buenas nuevas, cambios a mejor en nuestras vidas, amores y amistades que aún desconocemos…

Cuando añadimos un año a nuestra cuenta de vida nos ilusionamos con la idea de que los doce meses que tenemos por delante marcarán la diferencia.

Sin embargo, a los pocos días ya hemos olvidado esa ilusión y recobramos la rutina y la inercia que nos guiaban antes de sumar un año más.

Quizás sea atrevido decir, pues, que para mí este cumpleaños ha sido verdaderamente especial.

No porque tenga planes, proyectos o expectativas (que los tengo, como todos), ni porque piense que a partir de ahora mi vida va a ser mucho mejor de lo que era.

Este cumpleaños ha sido especial porque me ha hecho tomar conciencia de que por fin estoy aceptándome tal y como soy: aceptándome con mis alegrías y mis tristezas, con mis cualidades y mis zonas de mejora, con mis apetencias e inapetencias…

Estoy aceptando mi personalidad y sus flujos, mi cuerpo con sus peculiaridades, mis etapas creativas y mis etapas más áridas.

“Aceptación” era un valor que, hasta hace poco, no significaba mucho para mí. Sin embargo, en las últimas semanas se ha llenado de sentido y, en mi escala de valores particular, ha adelantado a otros que estaban funcionando como motor en mi brújula. Así son las escalas de valores: modificables, cambiantes, casi siempre sin que nos demos cuenta.

(No pretendo en absoluto haber comprendido y asimilado el pleno significado del valor «aceptación», pero sí lo vislumbro, llego a tocarlo con la punta de los dedos. Y qué gustazo).

Dudaba si escribir un artículo así, tan personal, en el blog de Tecomunicas. Pero todo lo que quiero contarte tiene mucho que ver con la comunicación. Si sigues leyendo, descubrirás la conexión por ti mismo.

 

El gran teatro del mundo

Desde bien pequeñita tuve conciencia de que era diferente. Creo que muchos crecemos y convivimos con esta conciencia sin aceptarla del todo. Nos negamos a mirarla de frente, y la llevamos como compañera durante toda nuestra vida mirándola sólo de reojo o girándonos de vez en cuando para verla de refilón. Creo que la diferencia nos asusta porque pensamos que conlleva aislamiento, soledad; ahora siento que, muy por el contrario, aceptar la diferencia es el primer paso para llegar a la conciencia de que todos somos iguales, de que todos buscamos exactamente lo mismo en el camino de la vida. Pero ésa, quizás, es otra historia.

Como digo, yo siempre supe que era distinta. Y creo que, en realidad, todos lo somos (aunque también seamos iguales); lo que no sé, honestamente, es por qué unos sienten más que otros esa diferencia desde pequeños, aunque la nieguen igualmente.

Me he pasado casi toda mi vida negando mis diferencias, tratando de apartarlas y borrarlas. Creo que empecé a negarme a mí misma alrededor de los diez años, supongo que como hacen muchos preadolescentes: queremos pasar desapercibidos entre la masa, adaptarnos al modelo estándar para ser aceptados por los demás no por lo que somos, sino por lo que podemos llegar a parecer. Pensando esto me viene a la cabeza el volumen de sufrimiento que deben soportar muchos niños y jóvenes cuando entran en esa dinámica de búsqueda de la aceptación externa. Sin embargo, también pienso que ésa es una etapa relativamente corriente en el desarrollo del ser humano; lo preocupante es cuando esa búsqueda de la aceptación fuera de nosotros mismos se alarga en el tiempo y tiñe toda nuestra madurez y vida adulta. No permitirnos ser nosotros mismos se convierte en un hábito del que nos cuesta cada vez más deshacernos.

Negarme a mí misma ha sido una estrategia que ha funcionado en determinadas circunstancias y durante ciertos periodos de mi vida. Pero siempre, sin excepción, ha acabado revelándose insostenible. Un actor puede fingir ser un rey autoritario, un pobre mendigo o un niño travieso durante la hora y media que dura la función; pero luego, cuando el público aplaude y reconoce la brillantez de su interpretación, al actor no le queda otra que quitarse la máscara y el atuendo del personaje y volver a ser él mismo. Aunque quisiera seguir siendo rey, mendigo o niño, el actor tiene que aceptar que ese tiempo, por muy real que pareciera, no fue más que una ficción.

Cuando estudiaba teatro me enfrentaba a ejercicios y prácticas en las que me implicaba hasta la médula y que me hacían sentir emociones desconocidas hasta entonces. Con el tiempo empecé a creer que el teatro es, muchas veces, más real que la vida misma. Y sigo pensando que lo es, porque el buen teatro es un espejo cristalino que, a actores y espectadores, nos refleja. Y en ese espejo aparece todo lo que llevamos dentro: virtudes, miserias, alegrías, decepciones, expectativas y sueños rotos. Es decir: la realidad. Sin filtros y sin parches. Por eso, una obra de teatro interminable no podría sino acabar en catarsis colectiva, como les sucedía a los antiguos griegos con sus tragedias, que a veces duraban días.

O como nos puede suceder a nosotros con nuestras propias vidas. Porque a veces pienso que estamos inmersos en una obra de teatro en la que todos somos, al tiempo, actores y espectadores. Todos, sin excepción, fingimos, aparentamos, queremos parecer. Y en cierto modo pienso que eso es necesario para mantener la estructura y el orden social que hemos creado. El peligro aparece, creo, cuando hacemos todo eso sin darnos cuenta. Cuando el fingimiento y la apariencia nacen de la negación inconsciente de uno mismo, de la no-aceptación de todo lo que uno es, ha sido y puede llegar a ser. Eso sí que duele, mutila y empequeñece la valía intrínseca de todos nosotros, de cada uno de nosotros.

Por eso, si realmente nos implicamos en este gran teatro del mundo (como decía Calderón) y admiramos la obra, nos adentramos en ella y la vivimos sin resistencias, la catarsis llega. Y caen las máscaras. Quizás no de golpe, sino poco a poco, pero caen. Y a uno no le queda más remedio que aceptar lo que hay detrás de esas máscaras, sin juzgar si es bonito, feo, inesperado o sorprendente.

No hay una razón o una causa por la que haya decidido implicarme en el gran teatro del mundo. Hay muchas razones y causas, y no creo que llegue a conocerlas todas jamás. Durante años he luchado conmigo misma por aceptarme, pero con condiciones: “acepto esto, pero no lo otro”; “aceptaría esto, pero le falta ser un poco más así o asá. Cuando lo sea, lo aceptaré plenamente”.

El “esto” y lo “otro” puedes sustituirlo por muchas palabras: mi personalidad, mi cuerpo, mis necesidades, mis ritmos, mis crisis, mis valores, mis creencias, mis preferencias, mis manías, mi carácter, mi temperamento, mis ciclos, mis deseos…

Siguiendo un camino multicausal en el que han sucedido muchas cosas que no puedo resumir en un artículo, he llegado a una certeza: la aceptación verdadera no es parcial, sino que ha de ser total e incondicional. No puedes pretender que el actor se quite el vestido pero no la máscara. Todo va en un pack, así que o se cae todo, o permanece todo.

Creo que la aceptación precede a la autenticidad. ¿Cómo puedo ser auténtica si no me acepto con todo lo que soy y siento? Si me niego creo barreras; en cambio, si me acepto allano el camino, un camino que no es unidireccional, sino que me rodea como un círculo o como un mandala.

Por eso éste era el momento para lanzar el minicurso gratuito en vídeo PNL: el ingrediente de la comunicación auténtica. Porque hoy me siento más auténtica que nunca. Y seguro que puedo serlo todavía más a medida que me adentre en la vida y ella me ponga retos en los que la aceptación será difícil y, por tanto, la autenticidad complicada de mantener. Pero los retos más complicados son los que más nos hacen crecer.

La comunicación auténtica surge cuando nos aceptamos a nosotros mismos como personas y como comunicadores. Cuando nos aceptamos incondicionalmente, sin preferencias ni excepciones. La aceptación es como un bálsamo que guardamos en una repisa bajo la etiqueta de “veneno”: nos asusta porque creemos que nos privará de algo, que nos robará algo importante. Y sí que nos roba algo: el miedo a ser nosotros mismos. Y perder ese miedo asusta más que mantenerlo. O si no, pregúntate: ¿Cómo sería tu vida si no tuvieras miedo a ser como realmente eres? Todo cambiaría. Y algunos de esos cambios producen más temor que lo que ahora tienes, por muy infeliz que pueda hacerte.

El camino que me ha llevado a sentir esto (y no considero que lo tenga absolutamente integrado, y quizás nunca lo tenga al cien por cien) ha estado, ya lo he dicho, lleno de experiencias y aprendizajes. Pero dos de ellos los tengo plenamente identificados y sé que han sido clave.

El primero es mi formación en programación neurolingüística (PNL). La empecé con 18 años y me acompañó durante los cinco siguientes. A través de poner en práctica sus técnicas, ejercicios y paradigmas pude entender un poquito mejor (¿algún día lo entenderemos del todo?, no lo creo) cómo funciona mi mente: qué pienso, por qué lo pienso, para qué lo pienso y en quién me convierto pensando así. De todos los paradigmas de comunicación que he conocido, para mí la PNL ha sido el más eficaz para el estudio y la comprensión de la comunicación humana, que empieza en uno mismo, con lo que pensamos y nos decimos a nosotros mismos en voz alta.

Con la PNL aprendí a entenderme, y a partir de ahí pude empezar a entender mis relaciones con los demás, que están basadas en un pilar claro: la comunicación. Por eso el minicurso que os estoy regalando estas semanas incluye las palabras «programación neurolingüística»: porque, para mí, la PNL es la puerta hacia la comprensión de la propia mente, que lleva a la aceptación y, finalmente, a la autenticidad.

El otro aprendizaje clave fue el teatro. Allí, además de darme cuenta de que el teatro puede ser más real que la vida misma, me reencontré con algo que llevaba casi toda mi vida ignorando: mi cuerpo y mi voz. De nuevo, la palabra clave: negación. Negar mi cuerpo me condujo, con 18 años, a una grave enfermedad de la que salí fortalecida, pero no “aceptada”. Quizás todavía era demasiado joven para atisbar el significado de la palabra “aceptación”, o quizás simplemente no era mi momento.

En la carrera de arte dramático descubrí que no sólo podía comprender mi mente y mis pensamientos indagando en ellos; también existía todo un mundo en mi cuerpo al que podía acceder si lo miraba como se mira a un objeto precioso, a la vez imponente y frágil. Y no precioso por cómo es superficialmente (por su firmeza, por sus líneas más o menos armónicas, por la tersura de su piel…), sino precioso por todo lo que te permite hacer. En el teatro aprendí a moverme, a bailar, a saltar, a caminar, a jugar con mi cuerpo. O, mejor dicho, reaprendí a hacer todo eso, porque ya lo hacía, pero sin conciencia ni amor por el instrumento tan bonito con el que nací y al que nunca valoré (e incluso menosprecié y odié) hasta ese momento.

PNL: mente. Teatro: cuerpo.

La mente y el cuerpo forman una unidad. Una unidad que comunica y que transmite al mundo; que nos transmite al mundo, queramos o no, seamos o no conscientes de ello. Para que ambos se expresen desde su máximo potencial y belleza “sólo” hay que practicar dos acciones: la primera, comprenderlos; la segunda, aceptarlos. Y aceptarlos al cien por cien: no valen medias tintas. No en esto.

 

¿Cuánto de ti hay en ti?

Por eso, llegados a este punto, me gustaría preguntarte: ¿Cuánto de ti hay en ti?

Porque pienso que sólo a través de la aceptación podemos abrazar nuestra autenticidad y descubrir el vasto y maravilloso mundo que vive en nosotros. Mientras tanto, seguiremos viviendo inmersos en un teatro del que no vemos más que las máscaras y los trajes.

Y por eso este cumpleaños ha sido especial. Porque ha sido el primer cumpleaños que he vivido desde la aceptación. Y sé que habrá baches (como siempre) y que mi aceptación será puesta a prueba, pero ahora voy a disfrutar del mayor regalo que la vida me ha hecho en mis 26 años.

Y yo te quiero hacerte partícipe de este regalo, porque no sólo creo que no se agota, sino que se expande y multiplica cuanto más lo compartes. 

Me refiero a mi nuevo curso Comunicación eficaz con PNL – Disfruta hablando en público o ante la cámara desde tu autenticidad

Se trata de un curso en el que comparto contigo el método de formación de comunicación que he creado fusionando la PNL, el teatro y la práctica consciente y constante, para que tú también te conviertas en un comunicador auténtico a través del autoconocimiento y del disfrute.

Puedes conocer todo sobre el curso clicando aquí.

Un abrazo. ¡Te deseo lo mejor de la vida!

Irene
irene@tecomunicas.com

Apasionada de la literatura, especialista en copywriting y storytelling. Comunicadora nata. Quiero que te vuelvas a enamorar de tu negocio literario y lo haré poniendo mis herramientas a tu servicio para que aumentes tus ventas y consigas clientes recurrentes.

2 Comentarios
  • Elisa
    Publicado a las 12:28h, 29 marzo Responder

    Gracias por escribir este artículo, da mucho que pensar. Yo estoy avanzando también en el camino de la aceptación y el de conocerme a mí misma.
    Tengo mucho curiosidad por ver qué nos contarás en el curso de PNL, ya he recibido el primer vídeo, pero no he tenido tiempo de sentarme a verlo tranquilamente.

    Un abrazo,

    Elisa

    P.D. Felicidades!

    • Irene
      Publicado a las 15:38h, 30 marzo Responder

      Hola Elisa!

      La verdad es que necesitaba escribirlo… darme cuenta de todo esto ha sido como un punto de inflexión en mi vida. Me alegra que te haya servido!

      Ojalá el minicurso te sea de utilidad. Ya me irás contando 🙂 Un abrazo!

      Irene

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